Lo que no sabías que necesitabas se llama ‘cottagecore’

Collage: Amalia Quiroga

Después de un tiempo aplazándolo, aquí estoy, escribiendo las primeras líneas de mi blog. No es la primera vez que hago uno; cuando tenía 13 o 14 años creé un blog que se llamaba “El rincón de Amalia” o algún otro nombre por el estilo que ya no recuerdo. Gracias a este blog, en el que escribía con bastante constancia lo primero que se me pasaba por la cabeza y sobre las inquietudes que puede tener cualquier preadolescente, gané un concurso de una revista que me dio bastante visibilidad. Cabe mencionar que allá por el 2010 era la época de máximo esplendor de los blogs, estaban mucho más de moda que ahora. Sin embargo, quiero pensar que todavía queda un hueco para ellos en este espacio tan vasto y abrumador de redes sociales y medios digitales.

10 años después, me encuentro en el mismo lugar, pero las circunstancias son muy distintas. No sólo tengo 23 años, acabo de terminar mis estudios y estoy a punto de lanzarme a la vida laboral. Ahora, -y no menos importante- el mundo entero se encuentra afectado por la incertidumbre y las consecuencias de una terrible pandemia. Un virus global que jamás hubiéramos podido imaginar y que está atacando indiscriminadamente alrededor de todo el mundo, arrasando con todo lo que encuentra por delante. La vida se ha convertido en algo complicado -no quiere decir que antes no lo fuera-. Lo cierto es que hay un sentimiento de angustia y agotamiento generalizado ante un problema que parece no tener fin. Para muchos de nosotros, este virus desafortunadamente ha llegado en el momento en el que estábamos a punto de dar un paso importante en nuestras vidas, de cerrar una etapa y abrir otra nueva.

Bien es cierto que a mediados de marzo, cuando empezó todo esto y anunciaron 15 días de cuarentena (dónde quedaron…), irónicamente pensé: “qué bien, un pequeño respiro”. En aquel momento estaba en la etapa final de mi máster. Estoy segura de que no fui la única que en un principio agradeció pasar unos cuantos días en casa con la familia y poner en pausa el ritmo de vida frenético que llevamos la mayoría de la gente. Sin embargo, han pasado casi 8 meses desde que se declaró el estado de alarma y ahora lo único que queremos es un respiro, pero un respiro en esta serie de acontecimientos tan desastrosos que ha traído el 2020 consigo. Necesitamos un respiro del bombardeo de información constante, de las notificaciones, los emails, las llamadas, las videollamadas y, en definitiva, del estrés y la sensación de incertidumbre permanente. No creo que antes de la pandemia estuviéramos mucho más tranquilos, pero ésta sólo ha acentuado sensaciones que llevábamos un tiempo experimentando.

No es casualidad que en un contexto como éste surjan tendencias como el cottagecore. Se trata de un movimiento bucólico que idealiza la vida en el campo y aboga por un estilo de vida tranquilo y pausado, en contraposición al ruido, el ritmo frenético, el estrés y los problemas de la gran ciudad. Esta estética pastoril nació hace un par de años. Sin embargo, ha sido durante la pandemia cuando se ha coronado como la tendencia número uno, en un intento por “acercar” la naturaleza cuando más alejados estábamos de ella. El cottagecore, que ha inundado las redes sociales durante los últimos meses, no sólo se ha visto reflejado en la moda (los cárdigans de punto de estilo “abuela” nunca gustaron tanto). También el mundo entero agradeció cuando Taylor Swift, en pleno pico de la pandemia y totalmente por sorpresa lanzó Folklore. El título habla por sí solo, se trata del álbum más relajado de su carrera musical y con el que, en cierta medida, vuelve a sus orígenes. Millones de fans en todo el mundo hicieron de Folklore la banda sonora de su confinamiento, refugiándose en un idílico escapismo sonoro y visual capaz de transportarlos a un cuento de hadas. Y qué decir de la fiebre por la repostería. Dentro del “universo cottagecore” la máxima preocupación que existe es acertar con las medidas y el tiempo de cocción del bizcocho perfecto o decidir qué mermelada untar en tus tostadas.

En mi propia búsqueda por la abstracción de la realidad, últimamente me he visto enganchada a la serie norteamericana Gilmore girls (disponible en Netflix). No hay un mejor resumen que el tweet que enlazo a continuación:

Esta joya, que comenzó a emitirse el 5 de octubre del año 2000, tiene lugar en un pequeño pueblo ficticio llamado Stars Hollow ubicado en el estado de Connecticut en el que parece que siempre es otoño. Trata sobre la vida de Lorelai y su hija Rory Gilmore, y la historia comienza cuando Lorelai se ve en la necesidad de pedir dinero a sus padres ricos -con los que no tiene relación- para poder pagarle una buena educación a Rory. Los padres aceptan con una condición: que Lorelai y Rory queden a cenar con ellos todos los viernes para volver a estar presentes en su vida en alguna medida. La relación se rompió cuando con 16 años Lorelai se quedó embarazada. En aquel momento, sus padres no le dieron otra opción que casarse con el padre del bebé y Lorelai, en un acto de rebeldía, huyó y se refugió con la recién nacida en un hotel de un pueblo cercano (Stars Hollow). La dueña cuidó de las dos, las mantuvo y le ofreció trabajo a Lorelai. La serie se ubica 16 años después de aquel momento. Ahora Lorelai es la directora del hotel y Rory es una adolescente a punto de comenzar la universidad. La serie aborda temas como las relaciones sociales, la amistad, el amor, la educación o la vida profesional de la manera más pausada y delicada, siempre en un tono amistoso y con un humor particular que te invita a querer seguir la vida de esta madre y su hija y sus andaduras personales y profesionales en Stars Hollow como si fueras un vecino más de este pueblo encantador.

Podríamos catalogar Gilmore girls dentro del universo cottagecore por la sensación de calidez y confort que se experimenta al ver la serie. Para muchos usuarios de Twitter, es una especie de terapia con la que abstraerse de los problemas propios. No sólo porque la historia transcurre en un pueblito de lo más bucólico y acogedor, sino por el tono y la manera de afrontar la vida de Lorelai y Rory y la preciosa relación de amistad que mantienen esta madre y su hija. En definitiva, Gilmore girls es un pequeño refugio de este año 2020 y una fuente de inspiración sobre cómo afrontar nuestra vida personal, familiar y profesional, que no siempre es idílica, pero al fin y al cabo es nuestra. Así que, si me disculpáis, me voy a ver el siguiente capítulo (ya tengo mi manta, mi bizcocho y mi taza de café preparados).

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